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¡ENFRÉNTALOS!

Por: The Point Staff

Fotos: redbookmag.com

Que no los queramos reconocer es una cosa, pero de que existen y ahí están es la realidad. Así que encáralos, reconócelos y entérate de cómo enfrentarlos.

A todos nos da si no miedo, sí un poco de “precaución” que nos ocurra alguna desgracia sexual: que al momento del acto no rindamos lo suficiente para satisfacer a nuestra mujer, que de plano el asunto no se dé por enterado que habrá acción, o afrontar al urólogo en una de esas visitas “post treintas” donde platican que te meten la mano por quién sabe dónde para descifrar el estado de la próstata.

El “Coco” sí existe

El no alcanzar una erección o poder mantenerla es una preocupación importante de todos, no importa si la noche de anoche estuvimos enormes, como reza el dicho: eres tan bueno como la última vez. Tememos “no dar el ancho” en la relación, “no ser lo suficientemente hombres”, en pocas palabras sufrir un cuadro temporal o permanente de la llamada disfunción eréctil. En cuanto a la eyaculación precoz, los varones determinamos muchas veces nuestra capacidad sexual con el tiempo que tenemos de “aguante” sin eyacular, por eso el miedo siempre intrínseco de no satisfacer a la pareja si el acto es tan fugaz como un parpadeo, de hecho calificamos todo orgasmo masculino como un auténtico fracaso cuando se produce antes de que la mujer alcance el clímax. De hecho todavía existe en muchos hombres el mito de que la relación sexual finaliza cuando el hombre eyacula, lo cual en general alimenta la angustia.

Un órgano llamado cerebro

Todos estos temores, por lo general tienen el mismo origen, el factor psicológico.

La maldita obsesión por no fallar y no “estar a la altura de las circunstancias”, producen un estado de ansiedad que en muchas ocasiones se convierte en el centro de atención de la relación sexual, por lo menos en el caso del hombre. Un miedo automático que lo nubla todo, y que obviamente hace que todo buen principio de caricias y deseo termine en un fiasco: el invitado de honor decidió no pararse a recibir a las visitas.

La pérdida de la erección golpea directamente la autoestima, alimente la ansiedad ante la próxima relación y la posibilidad de repetir el fracaso, creando un círculo vicioso que en ocasiones provoca que el hombre evite el sexo totalmente.

¿La solución?, No nos pongamos metas en la relación, simplemente liberar la mente y dejarse llevar. Si sucede, no darle importancia, estar tranquilos e intentarlo más tarde o practicar otros juegos. Para esto, el apoyo de la pareja es fundamental, su actitud más saludable es de apoyo y sin dar importancia a las dificultades que puedan surgir, de este modo se reduce la presión y desaparece la ansiedad.

En el caso de la disfunción eréctil, además del aspecto psicológico está el fisiológico, para lo cual existen diversos tratamientos de probada efectividad. El punto está en reconocer el problema, encáralo como tal: un padecimiento que tiene solución, que requiere la atención de un especialista, el apoyo de la pareja, y llevar un tratamiento al pie de la letra.

La vista indeseable

Todos guardamos cierto temor de acudir al urólogo por varias razones. Nos persigue el prejuicio a que otro hombre tenga que tocarnos los genitales, lejos de verlo como una relación médico – paciente. Si a esto se le suma la posibilidad de sufrir una erección debida a la estimulación, la incomodidad y negatividad de acudir es total.

Por otro lado, pueden sentir temor a que algo malo pueda sucederles y ver amenazada su virilidad o capacidad reproductiva, para muchos, fuente importante de autoestima.

La realidad es que a diferencia de las mujeres, ellas adquieren el hábito de visitar a su ginecólogo desde que son adolescentes, mientras que los hombres visitamos al urólogo cuando aparece algún tipo de problema, lo que en muchos casos ocurre hasta etapas avanzadas de la edad adulta.

Individuos con tacto

Pero vayamos al grano. El punto esencial de la visita al urólogo es la realización del llamado tacto rectal, exploración física que se realiza a un paciente con el fin de detectar el estado de la próstata. Se trata pues de la palpación de las estructuras anatómicas que conforman el aparato genitourinario y digestivo inferior.

Generalmente al paciente se le coloca apoyando las rodillas separadas sobre la camilla, descansando los hombros y la cabeza frente a una mejilla, sobre la misma, intentando conseguir la mayor elevación de nalgas posible. El médico se coloca unos guantes, generalmente de látex, y lubrica el dedo índice con vaselina, crema de glicerina, y con anestésico, para producir la menor molestia posible al paciente.

De este modo el médico podrá visualizar el ano, la piel perianal y la base del escroto. Sin embargo, el doctor tendrá que introducir la totalidad de su dedo para palpar la próstata, es decir, su densidad y tamaño. Todo este proceso compromete la intimidad y el pudor de cualquiera, pero son necesarias para la exploración física, por lo que debe existir una buena confianza entre el médico y tú.

Así que enfrenta tus miedos, habla con tu pareja o tu médico, seguramente tras superar alguno de estos temores serás mucho más hombre, convencido de tu sexualidad y libre de prejuicios, pero sobre todo, sano.

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